Casa
a mis amigos.
Mudarse es un verbo complejo: esta asociado a los cambios profundos que remueven mareas. Las serpientes, los gusanos de seda y algunos otros animales lo hacen como una especie de renacimiento, donde dejan la piel antigua por una nueva, más lustrosa y más brillante. Este fenómeno lo viven también las aves que renuevan su plumaje cada tanto. Y lo vivimos también los animales mas “superiores” de la cadena: los niños-hombres mudan de voz y las niñas-mujeres mudan de un cuerpo a otro en el mismo cuerpo. (quizás estos ejemplos sean los más emparentados con los anteriores, que afectan la dimensión fisiológica).
Pero la verdad es que nosotros, los animales superiores, mudamos de piel, de ideas, de afectos, de casas, de trabajos, de sueños, todo el tiempo. No había pensado mucho en esto, hasta que tuve que someterme nuevamente al proceso de cambiar de lugar, de habitat. El cambio siempre ha sido para mi un continuo, un rasgo característico. Siempre ando buscando, y buscando termino mudando de aspecto, de ideas, de proyectos. Sin embargo, esta vez mudarme de casa a resultado todo un evento trascendental en mi pequeña historia.
He sido nómada durante muchos años, sin grandes apegos (lo de los zapatos a lo Imelda Marcos vino cuando empecé a echar raíces aquí en Lima), solo conservaba y cargaba mis libros. Aquí sentí que tenía una casa (tuve otras muchas en otros lugares y nunca tuve la misma sensación, siempre supe que eran lugares de paso) y para serles a todos uds. sinceros me tomó por sorpresa, porque Lima jamás estuvo dentro de mis destinos soñados. Nunca escuché una conversación dentro de mi del tipo: -”Que ilusión vivir en Lima, te imaginas…” – “Si! Sería mejor que ser becaria en la National Gallery de Londres, de hecho!”. Lógicamente venir a ver Machu Picchu y demás hermosuras arqueológicas siempre estuvo dentro de mis planes, pero no vivir en la capital del país en el que está una de las maravillas arqueológicas de este planeta, que son dos cosas bien distintas. Pero de lo que Lima significa para mi, para mi estética, para mi vida y mi trabajo prometo hablar luego.
He dejado una casa luminosa, grande, donde construí mi universo. Si. Era un universo. Un espacio de colores y formas, de mezclas justas que me tomo varios años. Mi casa, en la que eché raíces y que según mi querido Hemingway catecticé, es decir, llené de energía pulsional, me dió muchas satisfacciones: construí una guarida para mi familia y para mi, a nuestro gusto; me lancé a diseñar muebles, a organizar todo tipo de ágapes y eventos sociales -grandes e íntimos- con todos los que son y han sido parte importante de mi vida. Por ahí pasaron poetas, inventores, diseñadores de libros, diseñadores web, escritores, filósofos, fotógrafos, artistas, músicos, viajeros, banqueros, abogados, curadores, galeristas, chefs, publicistas, cineastas, editores, diseñadores de moda, arquitectos, empresarios, periodistas, comiqueros, ilustradores, escultores, seres confundidos, perturbados, cariñosos, brillantes, talentosos, habladores, malhumorados, inteligentes, cultos, nobles, interesantes, silenciosos y sobretodo buenos seres humanos. Un sinfín de profesiones y de personas que iban dejando un poquito de su espíritu en las paredes y espacios de mi casa. En esa casa armé mi familia, (que se compone de un puñado de grandes amigos) a falta de la de verdad -que vive lejos-, construí un taller enorme diseñado a la medida de mis necesidades, tenía mi cuarto oscuro, una biblioteca con más de 2000 ejemplares, un jardín al que le planté rosas de múltiples colores -cuando las rosas nunca han sido mis flores favoritas- todo porque necesitaba vida a mi lado después de pasar por un momento de oscuridad y muerte. Allí me hice adulta, superé grandes problemas y desafíos, amé mucho, trabajé mucho y me divertí mucho.
Pero llegó el momento del cambio. Y debo reconocer aquí que me aterraba. No quería dejar por nada del mundo el único reducto de paz y tranquilidad que yo con todo mi amor y mi fuerza había construido. Y me reconocí como una extraña. Me fustigué, me hice repetidas llamadas de atención por haberme pegado de algo material. Bonito, si; amplio, si; luminoso, si; pero al final un bien material. Y luego de mucho pensar entendí que lo que amaba y a lo que temía era a perder esa tibieza que me proporcionaba ese espacio que olía a las juergas y a las risas de la gente que bailando -en la mitad de mi sala- la pasaba bien y me decía con una sonrisa de luna menguante que me quería. En esa casa se quedó la energía de mis amigos que me ayudaron desinteresadamente hasta las tantas de la noche apoyándome en proyectos cuasi descabellados. Porque ese lugar fue un espacio donde la libertad y el respeto extremo eran lo único que se exigía.
Y entonces, empecé a buscar a regañadientes. Nada me gustaba. Todo era muy caro. Yo quería una casa igual a la mía. Que ilógico e irracional se puede llegar a ser a veces! Lógicamente no la encontré. Todo tenía energías distintas. Y yo quería algo puro, algo limpio, algo que me representara y que tuviera mucha luz y mucho espacio. Y soy tan “suertuda” que mis plegarias fueron escuchadas.
Ya no vivo en una casa de tres pisos. Ya no tengo el silencio que me rodeaba antes. Ahora estoy sentada frente a una vista privilegiada, en un lugar privilegiado, en una casa de estreno, inmaculada y pura. Tengo mucho ruido de la calle. Vivo en medio de la urbe. Y desde aquí se ve y se siente la vorágine. Mi casa es un departamento como un cubo de vidrio desde el que diviso, la ciudad, los cerros, el Pacífico, el verde e inmenso campo de golf. Hasta ayer no tenía cable, ni teléfono, ni red. Hasta hace unas semanas no tenía cocina. Tampoco tenía espejos. Y vivo en medio de cajas que me miran desde los rincones, un poco amenazantes, si no las deshago pronto. Tengo muchas cosas por hacer y eso me hace sentir viva otra vez. Porque hay un reto: convertir este lienzo en blanco en una casa donde la gente no se quiera ir y donde mi chico y yo seamos felices.
Aún no tengo cortinas y me acuesto y me despierto flotando sobre esta grandísima y contradictoria y fascinante ciudad que es Lima. Quizás sea el momento de responderme, viendo el skyline, porque llevo tantos años viviendo en este sitio.
REFERENCIAS DE HOY:
Un poco folk, un poco Audrey Hepburn.
OUTFIT:
Aretes de cestería y perlas > Mercedes Salazar + Microvestido folk > Scomero + Sandalias con espejos y pompones > Lola Cruz + Pulseras de madera > MNG + Wayfarer rojinegras > Ray- Ban




