14.01.10

Loft: una reflexión sobre el lujo

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Vivo en un departamento nuevo, blanco, luminoso, encumbrado en el piso 14 de una esquina “exquisita” de esta ciudad. Desde mis dominios diviso la bahía casi entera, veo ponerse el sol -cuando las nubes lo permiten-, escucho rugir a Lima y veo titilar todas las noches las miles de lucecitas que destellan desde todos los distritos de esta enorme ciudad. Si me aburren los techos y el mar puedo dirigir mi mirada al verde del Club de Golf, ver las caminatas pausadas de los golfistas y decirme casi todos los días mentalmente que nunca imaginé que el Golf de San Isidro tuviera estanques.

Quienes lo visitan quedan maravillados con la vista. Con la blancura de las paredes que contrasta con el verde y el mar. Con el acero y la piedra. Pero todo eso no significa nada. Todo eso es un esnobismo lujoso y pretensioso. De por si construir un edificio de lofts modernos me parece ya una cosa absolutamente presuntuosa. Un verdadero loft es un espacio con historia que ha sufrido las modificaciones propias del paso del tiempo. Un espacio que surge de necesidades concretas donde los usos anteriores se revelan en las texturas y los materiales, en las dobles alturas, en los espacios abiertos. Un loft “expresa su profundo respeto por el pasado urbano y la arquitectura de la ciudad”. (1) En definitiva, es un lugar con historia que además tiene estrecha relación con un específico estilo de vida asociado, en sus comienzos, a la vida de “ocupa” y artista under con bajo presupuesto -sin calefacción ni agua corriente, pero con una fuente de luz maravillosa para poder pintar y todo el espacio para crear grandes lienzos-. O sino pregúntenle a cualquiera de los expresionistas abstractos norteamericanos de los 50 o a los vampiritos y artistas que merodeaban y frecuentaban “The Factory“, el loft más famoso de toda la historia, ubicado en el 231 de East 47th Street, y pintado de plateado por su propietario Andy Warhol.

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Pero desengañémonos, mi loft es una oda al banal y frívolo lujo. Un lugar concebido para ser fotografiado, pero no habitado. Tanto así que entre mis largas jornadas laborales y la incompresión del espacio nunca colgué cuadros ni lo hice mío. Es un lugar frío e impersonal en el que nada esta pensado para tener calidad de vida: Una cocina enorme donde no se les ocurrió crear una barra para sentarse a desayunar o a acompañar al que cocina. Unas conducciones de agua que lo único que dan son problemas: se rompen las tuberías de aguas negras en pleno lobby, los baños se atascan casi a diario, el piso de madera flotante no da más que guerra, salen más grietas de las normales por el proceso de asentamiento del edificio en el terreno, los acabados no son del otro mundo (cosa que a mi no me molestaría si no te lo vendieran como el superproyecto y la relación calidad-precio fuera equitativa), todo el ruido de la ciudad parece dormir conmigo, cuando lo lógico es que de haber pensado un poco en las personas que lo ocuparían, las mamparas deberían tener doble cristal para aislar el dormitorio -por lo menos- del ruido. En verano es un infierno y no se instaló aire acondicionado ni sistema de calefacción. Y eso es solo el comienzo. Desde el punto de vista de diseño se han marginado a los viejos, a los ancianos, a los enfermos y discapacitados: las rampa de la entrada esta lejos de la puerta, en el estacionamiento omitieron rampas de acceso a la zona de los ascensores y luego tuvieron que adicionar unas improvisadas y poco funcionales, la azotea casi no pasa las inspecciones reglamentarias porque estaba mal hecha. La piscina cubierta y climatizada ha funcionado poquísimas veces, primero tenía fuga de agua, luego el sistema de calefacción no funcionaba y no mencionaré el sistema de iluminación de la misma. La cascada de agua de la entrada funcionó a lo sumo un mes, y ahora lo que se encuentra el visitante que accede por la puerta de vidrio es una pepelma descolorida y venida a menos. Y así podría quedarme horas enumerando las cosas desagradables de este lugar que según la revista Luhho es uno de los sitios it de Lima. JA! Yo alucino de colores!

Y toda esta situación me hace pensar en uno de los diseñadores más potentes y reflexivos de la historia del diseño italiano, hombre convertido en uno de mis dioses y encumbrado al panteón de mis héroes personales, el fabuloso y brillante Bruno Munari que en su libro “Cómo nacen los objetos“(2) tiene una estupenda reflexión sobre el lujo que es como una bofetada inteligente al fútil universo de la ostentación vacía. Lo reproduzco aquí porque quizás sirva para creativos y creadores, para diseñadores de todo tipo y sobretodo porque cierra este post de la forma más inteligente, cosa que yo, un ser sin personalidad no podría lograr.

“El lujo es la manifestación de la riqueza incivil que quiere impresionar a quien se ha quedado pobre. Es la manifestación de la importancia que se le da a todo lo exterior y revela la falta de interés por todo lo que es elevación cultural. Es el triunfo de la apariencia sobre la sustancia.


El lujo es una necesidad para mucha gente que quiere tener una sensación de dominio sobre los demás. Pero los demás si son personas civiles saben que el lujo es ficción, si son ignorantes admirarán y tal vez hasta envidien a quién vive en el lujo. Pero ¿a quién le interesa la admiración de los ignorantes? Quizás a los estúpidos. De hecho el lujo es una manifestación de estupidez. Por ejemplo: ¿para qué sirven los grifos de oro? Si por esos grifos de oro sale un agua contaminada ¿no sería más inteligente, por el mismo precio, instalar un depurador de agua y tener unos grifos normales?

El lujo es pues la utilización impropia de materiales costosos sin mejorar sus funciones. Por tanto, es una estupidez.


Naturalmente el lujo está relacionado con la arrogancia y con el dominio sobre los demás. Está relacionado con un falso sentido de autoridad. Antiguamente la autoridad era el brujo que tenía aderezos y objetos que sólo él podía poseer. El rey y los poderosos se vestían con costosísimos tejidos y pieles. Cuanto más sumido en la ignorancia se tenía al pueblo más rodeada de riquezas se mostraba la autoridad. Y todavía hoy se producen en muchas naciones estas manifestaciones de apariencias milagrosas. A la vez, sin embargo, entre la gente sana va ganando terreno el conocimiento de la realidad de las cosas y no su apariencia.
pan class=”Apple-style-span” style=”font-size:large;”>El modelo ya no es el lujo y la riqueza, ya no es tanto el tener como el ser
(para decirlo con palabras de Erich Fromm). A medida que desciende el analfabetismo la autoridad aparente disminuye y en lugar de la autoridad impuesta se considera la autoridad reconocida. Un cretino sentado en un gran trono tal vez podría sugestionar en tiempos pasados, pero hoy, y sobre todo mañana, se espera que deje para los dirigentes impuestos, los decorados especiales para los mandatorios, los estrados de lujo levantados sobre tarimas de caoba, los oropelas, los graderíos y todo lo que servía para sugestionar.

En fin, quiero decir que el lujo no es un problema de diseño.

* * * * *

(1) Gómez, Lola. “Lofts. Vivir, trabajar y comprar en un loft”. Editorial Könemann. Colonia. Alemania. 2001

(2) Munari, Bruno. “Cómo nacen los objetos”. Editorial Gustavo Gili. Barcelona, España. 2004.

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